El Régimen Simplificado para Pequeños Contribuyentes (Monotributo) concentra a millones de trabajadores independientes en la Argentina, y agrupa en una única cuota mensual obligaciones fiscales, previsionales y de salud. Aunque facilita la formalización, el peso de los aportes previsionales resulta mucho menor que el de un trabajador formal y genera una brecha entre lo que se aporta a lo largo de la vida laboral y lo que esos fondos permitirían retirar como jubilación.
El informe del IERAL, perteneciente a la Fundación Mediterránea, analizó esa diferencia y evaluó qué ocurriría si las cotizaciones previsionales de los monotributistas se capitalizaran a lo largo de su trayectoria laboral en un esquema similar al de capitalización individual. El principal hallazgo es que, si esos fondos solo conservaran su valor frente a la inflación, ni siquiera 40 años de actividad formal alcanzarían para cubrir el haber mínimo vigente.
Hoy existen 4,8 millones de monotributistas. De ellos, 2,8 millones están activos en el Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA); el resto no está obligados a aportar o ya son jubilados. Dentro de ese universo, 2,2 millones registran aportes previsionales.
La distribución del régimen muestra una marcada concentración en las franjas más bajas: el 55% de los monotributistas activos está en la categoría A, y A, B y C en conjunto suman el 78% del total.
La cuota del monotributo se divide en tres componentes: el impositivo, que reemplaza las obligaciones del IVA y del impuesto a las Ganancias; el previsional, que permite computar años de servicio para acceder a beneficios del SIPA; y el destinado a la obra social. A diferencia de otros regímenes, el monto no se determina mediante una alícuota directamente sobre la facturación; se computa a partir de las categorías A a K, que dependen de parámetros como ingresos brutos, superficie de la actividad, consumo de energía eléctrica y alquileres devengados.
El análisis pone el foco en el componente previsional. En las categorías A a G, ese pago representa entre 3,6% y 1% de los ingresos, frente al 11% que implica el aporte personal de un trabajador asalariado formal. En las categorías superiores la brecha se reduce por el tope que rige para los aportes de quienes están en relación de dependencia; por ejemplo, en la categoría K la cuota previsional es del 1,6% de los ingresos del monotributista, frente al 6% para un asalariado con un nivel similar.
Si se compara con el aporte personal promedio, la diferencia resulta aún más marcada: la carga previsional del monotributo resulta sustancialmente menor que la de un trabajador en relación de dependencia, lo que alimenta la brecha entre lo aportado y lo necesario para sostener una jubilación mínima.
El informe concluye que la vía de capitalización no garantiza una jubilación mínima para los monotributistas, en especial ante escenarios inflacionarios. En ese marco, la brecha entre aportes y haberes posibles sigue siendo un rasgo central del régimen.