A pesar de una cosecha muy favorable y de ahondar en exportaciones, sumado a un superávit comercial superior a los 25.000 millones de dólares y un riesgo país por debajo de 500 puntos básicos, la economía argentina encara un año con desempeño moderado. Tras los datos de julio sobre industria y construcción, las consultoras revisaron a la baja sus pronósticos y estiman que el crecimiento de 2026 quedará por debajo de 2%.

El diagnóstico va a contramano de las estimaciones previas: el FMI había proyectado una expansión de alrededor del 3,5% para 2026, pero las proyecciones se ajustaron a la baja en los últimos meses. En el último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central ya se había colocado el PIB en 2,1% para ese año, y el derrumbe del 5% observado en julio en industria y construcción acentuó el ajuste.

Con sectores que muestran fortaleza, como energía, agro y, en menor medida, minería, la dificultad recae en los rubros que tienen mayor peso en el producto, que siguen sin encontrar un piso claro. En los primeros meses hubo esperanzas de que los perdedores del modelo tocaran fondo para iniciar una lenta recuperación en la segunda mitad, pero esa dinámica no se materializó y la caída se profundizó.

En lo fiscal y monetario, el gobierno dejó en claro que no apuesta a un nuevo paquete de estímulo monetario. El Tesoro renovó el 103% de los vencimientos de deuda en una operación destinada a evitar una mayor oferta de pesos. Lo hizo mediante colocaciones a corto plazo en pesos y bonos que ajustan por tipo de cambio. La señal es inequívoca: la prioridad es preservar la estabilidad financiera, no activar el consumo con más pesos.

El proceso de remonetización continúa retrasado. Por un lado, se reneguevan vencimientos de deuda; por otro, las compras de dólares con emisión de pesos cayeron al nivel anual más bajo. Además, el Central mantiene encajes altos sobre los depósitos, lo que restringe la capacidad prestable de los bancos.

En este marco, la estrategia oficial parece orientada a sostener la estabilidad macro y financiera. Un eventual repunte de la demanda a través de mayor gasto público podría generar un impulso de corto plazo, pero podría terminar empujando la demanda de dólares si no se acompaña de una mejora sostenida en el consumo.

Federico Poli, ex-economista de la UIA y actual director de Sistémica, resumió la situación: “estamos con un dólar atrasado por una política monetaria demasiado restrictiva. Si el tipo de cambio se eleva, podrían verse mejoras en varios sectores que hoy están golpeados…”, subrayando la tensión entre estabilidad y crecimiento con posibles desequilibrios en el corto plazo.